Criterios de los antiguos mexicanos para evaluar la capacidad y el saber

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Criterios que aplicaban los antiguos mexicanos para evaluar la capacidad y el saber


Lic. Heidy Wagner Loustalot Laclette

Cronista Honoraria de Cadereyta de Montes

Los antiguos nahuas y mexicas no medían la inteligencia con pruebas psicométricas ni con coeficientes intelectuales (CI), ya que esos conceptos modernos surgieron en el siglo XX. En su lugar, evaluaban las capacidades, el talento y el juicio de una persona a través de la conducta práctica, la moral, el cumplimiento de su rol social y la educación formal.

La transmisión del conocimiento de una generación a otra es esencial para la reproducción de una sociedad. La lengua que permite entender el mundo, las costumbres que propician, y moderan, las relaciones interpersonales, los saberes que permiten el diario sustento son, como muchos otros, conocimientos que se adquieren paulatinamente en el día a día, sobre todo en el ámbito familiar. Éste era el caso de la sociedad mexica, en la que durante la infancia la educación primera recaía en la familia. Criterios de  Criterios de  Criterios de  Criterios de Criterios de

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Estaba establecido que era responsabilidad de los padres que sus vástagos aprendieran adecuadamente ciertas tareas que se consideraban propias de su género, además de ciertas normas de conducta, como lo muestran los cruentos castigos a los infantes que no las cumplían. Así que no es casual qué en la parte dedicada a este tema, en el Códice Mendoza se incluya lo mismo información sobre la enseñanza que recibían los niños en la escuela que la que tenían en casa. Respecto a ésta, se indican las actividades que tenían que aprender bajo la supervisión del padre, en el caso de los varones, y de la madre, las mujeres.

Al parecer esta educación comenzaba a los tres años, cuando el niño recibía principalmente indicaciones sobre cómo comportarse y vestirse. A partir de los cuatro años las instrucciones eran sobre cómo realizar pequeñas tareas, claramente diferenciadas en función del género. El niño aprendía a hacer diligencias como traer agua. Las niñas empezaban a aprender el oficio femenino por excelencia, el tejido. A esta edad comenzaban a familiarizarse con las fibras de algodón y los instrumentos propios del hilado.

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Es curioso que en cada uno de los momentos en la educación de los infantes que se registran en el Códice Mendoza se indica también la ración de tortillas a que eran acreedores si cumplían bien sus tareas. También se indica la manera en que debían vestirse en cada etapa, en la que se nota una gradual adopción de las prendas propias de los adultos.

Era una época totalmente distinta a la actual, donde los castigos severos estaban a la orden de día, y la educación no era la excepción. No sólo en las escuelas se imponía una estricta disciplina y se aplicaban duros castigos, lo mismo ocurría en casa. El Códice Mendoza contiene una elocuente descripción de esos castigos, incluso con indicaciones de la edad que tenía quien lo mereciera:

A los 8 años sí el niño mentía se le amenazaba con castigarlo con púas de maguey, las que se ponían frente a él. Lo mismo ocurría con las niñas. A los 9 años si el niño incurría en faltas, como hacer mal algo o ser flojo, se le ataba de manos y pies y su padre lo punzaba con espinas de maguey en distintas partes del cuerpo. El castigo a las niñas de esta edad era más moderado pues sólo se les pinchaban las muñecas. A 10 años los niños, al igual que las niñas, eran castigados con azotes y amarrados de las manos.

A 11 años en el más duro de los castigos, el niño era obligado a inhalar el humo de una hoguera de chiles. Al parecer lo mismo ocurría con las niñas, aunque la viñeta correspondiente en el Códice Mendoza sólo muestra que la madre la amenaza con eso. Y a los 12 años el niño desnudo es atado de manos y pies, y se le deja acostado todo el día sobre el suelo mojado. La niña es castigada obligándola a barrer por las noches, tanto su casa como la calle.

Ahora bien, es importante considerar los criterios que las antiguas culturas tomaban en cuenta para evaluar la capacidad y el saber – por ejemplo – el ideal del Ixtlamatqui (el sabio), consideraban inteligente y sabio a quien poseía el íxtli (rostro) y el iýllotl (corazón), es decir, una personalidad equilibrada, madura y prudente.

En la filosofía y la cosmovisión nahua (azteca), los conceptos de íxtli y yóllotl representan la definición misma de la persona humana, su identidad, la educación y su desarrollo moral. Los sabios nahuas (tlamatinime) no veían al ser humano como algo acabado al nacer, sino como una obra en constante construcción a través de estos dos elementos fundamentales:

Es decir, el Íxtli (El Rostro) No se refiere únicamente a la cara física, sino a la identidad, la personalidad y la madurez de un individuo. Representa el yo consciente, la forma en que una persona se presenta ante el mundo y es reconocida por la comunidad. Tener un «rostro» significa tener control de uno mismo, sabiduría y dignidad.

El yóllotl (El Corazón) Es el núcleo de la vida, la fuente de la fuerza de voluntad, los sentimientos y el deseo. La palabra deriva de ollin (movimiento), por lo que el corazón es lo que dinamiza y mueve al ser humano. Un corazón sano es aquel que busca la verdad, la belleza y el bien, manteniéndose en constante movimiento hacia lo trascendente.

De tal manera que para los nahuas, el propósito de la vida y de la educación impartida en el Calmécac o el Telpochcalli era «dar sabiduría a los rostros y firmeza a los corazones» (in ixtli, in yollotl).

Además de pruebas de carácter, en los centros de educación como el Calmécac la escuela de la nobleza mexica era el colegio exclusivo para los hijos de los gobernantes y nobles (pipiltin) en la antigua Tenochtitlan y el Telpochcalli era la escuela mexica destinada a los jóvenes del pueblo o macehualtin (clase trabajadora) a partir de los 15 años, la inteligencia no se separaba del sacrificio, la disciplina, la resistencia física y la honestidad.
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Algo que también tomaban en cuenta era la elocuencia y el dominio de la palabra, el tlatoani (orador o gobernante) y los ancianos valoraban enormemente la habilidad para hablar bien, usar la retórica (huehuetlatolli o pláticas de los ancianos) y expresarse con sabiduría y respeto.

También evaluaban el desempeño práctico, medían la competencia en artes, oficios, arquitectura, astronomía, agricultura o estrategia militar mediante resultados concretos y la destreza en el trabajo diario.

Y desde luego, observaban la conducta, los sacerdotes y maestros evaluaban continuamente la conducta de los jóvenes para asignarles cargos de liderazgo, administración, tributo o sacerdocio según sus aptitudes demostradas en la práctica.

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